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Leo Brouwer, perdido en la ciudad, dentro de un valle
Foto: Alba Leon
Foto: Alba Leon

Leo Brouwer, guitarrista, compositor y director de orquesta, Premio Nacional de Cine por su contribución musical y Premio “Tomás Luis de Victoria” (el equivalente en música clásica al Cervantes de Literatura) …, hombre de hablar pausado, que escoge y rectifica cuidadosamente sus palabras, evoca un Santiago de Cuba antes y después de la Revolución.

Incluso para llegar a su casa precisa de un mapa, dice el Maestro. Y al momento añade que puede que esté exagerando, pero que es así, casi-casi. Que si no coge por el mismo trillo –palabra para designar un camino trazado a fuerza de tanto pasar por él– se pierde.

Pienso que tiene un sentido pésimo de la orientación. También que yo, por ejemplo, puedo ubicarme fácilmente en un espacio físico cualquiera, pero tengo un oído tan cuadrado que ya ahorita es cúbico. Y el Maestro no. Su oído es único. De esta manera, creo, nos oponemos. Y por oposición, me atrevo a decir, nos complementamos.

Tener un sentido de la orientación pésimo no es un defecto. Es casi un don, porque te da la oportunidad de sentirte a veces perdido, que es una forma de estar a solas con uno mismo.

Entonces tenemos al Maestro caminando por las calles de Santiago de Cuba. El Maestro casi siempre perdido, sin molestarle, porque el perderse es mágico, “la magia de caminar en un laberinto, pero no uno cerrado, sino un laberinto de espacios”, dice.

Santiago de Cuba se encuentra dispuesta al Mar Caribe. Un mar que no marca el norte, sino el sur. Un mar atrapado entre dos cabos de tierra, una bahía. En un cabo se dispone vigilante desde hace 380 años el Castillo de San Pedro de la Roca, una entre varias fortificaciones españolas esparcidas por la Isla. En el otro hay un mirador, una playa y también un cementerio, hasta donde los pobladores de Cayo Granma –el cayo que resiste en medio de la bahía– llegan en bote a enterrar a sus muertos.

En el centro –que ahora es el Centro Histórico– están la Catedral Nuestra Señora de la Asunción, el antiguo ayuntamiento, la casa del conquistador español Diego Velázquez, con su estructura y sus barrotes de madera originales. Está también el parque que luego llamaron Parque “Carlos Manuel de Céspedes”, en esa manía nacionalista que nos dio por obviarla toponimia y renombrar sitios en honor a las figuras patrióticas.

“Parque Céspedes”, el corazón de Santiago de Cuba. Foto: Jorge Luis Baños Hernández
“Parque Céspedes”, el corazón de Santiago de Cuba. Foto: Jorge Luis Baños Hernández

Pero el parque donde el santiaguero hace su vida nocturna está en la Plaza de Marte, donde termina la avenida Garzón y comienza el boulevard Enramadas, las dos principales arterias que atraviesan Santiago.

“Lo que más me asombra es ese paisaje abrupto de las calles, el lomerío con sus bajadas y subidas… Es una ciudad accidentada metida dentro de un valle, es un prodigio”, asegura Brouwer.

Santiago es, además, una ciudad protegida a sus espaldas por la sierra, la Cuna de la Revolución, la Sierra Maestra. Esa es una de sus ironías: la villa que se construyó 500 años atrás entre las lomas, para evitar posibles asaltos, fue la que parió, entre esas mismas lomas, a los que la asaltaron y luego triunfaron.

Porque, según dice el Maestro, “hay conglomerados humanos, a los que vulgarmente les llamamos pueblo, que reflejan sus líderes. Generalmente el líder representa al conglomerado que lo elige, generalmente”.

No en vano llaman a Santiago “la tierra caliente”. Por el calor, pero sobre todo, por el coraje. “Este no es un pueblo amante del desarrollo –continúa Brouwer–, sino amante de ciertas tradiciones que quiere conservar. Y eso es esencial en la parte oriental del país. Hay que recordar que fue quien produjo la mayor cantidad de revoluciones para autentificar y recuperar la identidad de Cuba desde hace 200 años”.

—¿Y no le parece irónico que la parte que ha revolucionado, ahora se mantenga conservadora? –pregunto.

—Es que conservar el pensamiento revolucionario ya no es ser conservador. Es ser espectador.

Para comprenderlo, Leo Brouwer –un hombre que acude recurrentemente a la abstracción durante el diálogo– explica que en Santiago de Cuba hay una actitud de vida compartimentada en dos elementos: el hombre lúdico y el hombre observador. “El primero vive la vida como parte de un juego en serio. El segundo es un espectador de su entorno, como diría el filósofo Ortega y Gasset”. Y aclara, “no tiene nada que ver con la política ni con la ideología, tiene que ver con los hombres”.

***

Antes de 1959, Leo Brouwer era uno de los muchachos de Cine Club Visión, el grupo que más tarde diera origen a la institución cinematográfica cubana, ICAIC. Mediante ese pequeño núcleo –que se integraba a su vez con la gente de la televisión, la radio, el teatro–, Brouwer comenzó a tener contacto con los músicos, actores y dramaturgos de Santiago. Leo llevaba medicinas que su padre, que era médico y guitarrista aficionado, recogía y le entregaba. Las medicinas iban de La Habana para Santiago, y de Santiago para la Sierra.

“Muchos de esos militantes del sector de la cultura se convirtieron luego en dirigentes”, cuenta.

En los espectadores que ayudaron a conservar el pensamiento revolucionario, pienso.

De esa Revolución nacida en Santiago sucedió, según Leo Brouwer, “una cosa muy bonita”. Vinieron los intelectuales, casi todos los grandes intelectuales del mundo. “No vinieron por sí solos, sino que fueron invitados. Es muy significativo que el hombre político invite al hombre de cultura; o mejor, que el hombre de las armas invite al hombre de pensamiento”.

El Maestro no lo dice explícitamente, pero en realidad Cuba como país le debe mucho a Santiago.

“Plaza de la Revolución Antonio Maceo”. Foto: Jorge Luis Baños Hernández
“Plaza de la Revolución Antonio Maceo”. Foto: Jorge Luis Baños Hernández

A pesar de que insiste en la necesidad de un mapa, Leo Brouwer confiesa que jamás utilizó uno. Se perdía en la Ciudad Héroe –la única con esta condecoración en todo el país–, aunque en realidad creo que se dejaba perder. Y al cabo de las dos horas regresaba, sin saber cómo, al punto de partida.

“Era fascinante, siempre me ocurrió y nunca traté de enmendarlo”.

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