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Cubanos: Yunier Carracedo, mecánico
Foto: Alain L. Gutiérrez Almeida
Foto: Alain L. Gutiérrez Almeida

Encontrar un Doctor Frankestein y visitar su laboratorio no es algo que se dé todos los días. (Aunque seré sincero, este sucedáneo del personaje de Tim Burton que presento aquí, no es el único que tenemos en Cuba.) Las antiguas historias y los fantasmas que habitaron el espacio que hoy ocupa su taller-laboratorio, se han espantado con el estruendo de martillazos y el arco de las soldaduras.

Desde los 10 años, Yunier se escapaba al laboratorio y, ya mayorcito, estudió la alquimia y la anatomía de los autos. Le gustaba eso de estar sucio con la grasa de las entrañas de los carros. Sonríe y muestra sus manos manchadas como una proeza.

Es más que un médico porque sana, y también revive. Disfruta el difícil oficio de reinventar la vida. Arregla cualquier tipo de auto pero prefiere los del año 55, los Ford y los Chevrolet. “Son la mejor línea de autos que ha entrado al país”, me dice. “Los almendrones de hoy caminan gracias a nosotros, los mecánicos, que siempre estamos inventando una forma nueva de echarlos a andar. Cambiamos chasis, dirección, trasmisión, lo que sea”.

Yunier ve vida donde otros creen que ya no hay salvación. Es diestro en adaptar un carro con motor de gasolina a motor de petróleo. “Los motores más populares ahora para adaptar son los Hyundai, Peugeot y Mercedes Benz. En trasmisiones las de Hyundai y Toyota”. Las misteriosas artes que ha aprendido le facilitan los conjuros e innovaciones para que el cambio sea eficiente. Refuerza el chasis, restaura y adapta los soportes, coloca la maquinaria, prueba… Todo debe hacerse con cuidado para que la bestia resultante no se convierta en un peligro.

“La mayoría de estos carros viejos conservan el nombre y la carrocería, pero por dentro son totalmente diferentes. Por fuera puede ser un carro americano y por dentro chino, ruso o japonés. ¡Lo que sea!”. Un carro sin esperanzas de vida, con la carrocería dañada, con motor inservible, sin confort interior, sale caminado, como nuevo, en el plazo de un año. Un cambio de entrañas y estará listo. No hay límites.

Ahora es el momento decisivo de un Ford del 48 con motor petrolero de KIA. En el mediodía soleado, los destellos de los rayos iluminan al doctor Frankestein y sus “Igores”. (Un ayudante hace soldaduras unos metros más allá.) Están un poco nerviosos. Yunier grita: “¡Písalo!” La maquinaria ruge agresiva varias veces y luego ronronea dócil. Se encienden las farolas amarillas. ¡El monstruo está vivo!

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