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Dejar constancia de mi tiempo
Foto: Otmaro Rodríguez
Foto: Otmaro Rodríguez

De muy activa, comprometida y relevante puede calificarse la participación del destacado artista de la plástica cubana, Pedro Pablo Oliva, durante la XIII Bienal de La Habana, entre los meses de abril y mayo. Oliva, Premio Nacional de Artes Plásticas 2006, forma parte de la reducida y selecta lista de creadores nucleados alrededor del proyecto Detrás del muro –curado por Juan Delgado–, y sorprende con varias esculturas emplazadas en el portal del Hotel El Terral, en el emblemático malecón habanero. También ha sido convocado por María Milián para integrar la exposición colectiva de arte contemporáneo Hb que abarcará tres espacios y culminará en el último piso del Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”. Para quienes deseen asomarse al universo de su más reciente producción, estará abierto el estudio taller de La Habana Vieja de este hombre que –según comenta a OnCuba– ha emprendido una batalla contra la demagogia y la simulación: “tengo derecho de hablar con voz propia y perdí el miedo a la represión. No entiendo la creación alejada de la sociedad en que vivo. Es parte y esencia de ella”.

Pedro Pablo Oliva, autor de El gran apagón (de 1994), pieza catalogada por la prensa especializada como “el Guernica cubano” ha dicho sobre la obra: “no soy capaz de enjuiciarla con total certeza, solo sé que la parí”.

Su iconografía, de una ternura infinita y de un trazo limpio, puede que tenga que ver con las historietas, porque está “llena de mundos y encerronas. Como los juegos digitales, con la sorpresa de convertirse en otra cosa en cada tela, unas veces conejo y pez; otras nube y arroyo”, dice.

De la serie 'Fantasmas de la utopia' (Detail), 2018 (112 x 152 cm)
De la serie “Fantasmas de la utopia” (Detail), 2018 (112 x 152 cm)

Los inicios de este artista nacido en 1949 en la occidental provincia de Pinar del Río, donde reside actualmente, “son un misterio” tal vez porque los comienzos siempre lo son y la razón completa no siempre aparece, sino que “viene oculta como la almendra o colorida como el mango y la guayaba. No sé qué porciento le debo a mi obsesión por las historietas, cuánto al patio de la casa de infancia y adolescencia, cuánto a la envidia infantil por imitar a otros amigos; cuánto a mi madre decorando los manteles de la vieja mesa del comedor, repleta de ternuras. Por algún lugar entró ese afán por dejar constancia de mi tiempo con colores, papeles, pinceles y telas”, comenta Pedro Pablo.

Por otra parte, su obra –tan profundamente cubana como universal– va mucho más allá de un color, transparencia o tema: “es sobre todo una condición espiritual que te ata a una taza de café o al embrujo de una manera de caminar, hablar y reír. Mi generación deja un legado: la utopía”.

El comunicarse, el entablar en diálogo con el otro, el dejar constancia de un momento concreto y puntual del contexto cubano en el que habita, es otra de sus obsesiones porque –según subraya– pintar es otra forma de hablar: “mi trabajo será un testimonio más de un tiempo vivido. No pasará de ser una fugaz referencia de una época donde la realidad era mucho más aplastante que cualquier palabra. La utilidad de una obra es infinita o finita. Pasados estos años algún vestigio de vida emanará de ella y alguien dirá ‘vivió un hombre en un sitio, que expresó su vida a su manera, que amó y sufrió, que pateó y lo patearon, qué gritó, soñó, pero que no se quedó en el silencio’”. Y como lo suyo no es quedarse en silencio, reconoce que la alusión a la infancia aparece como “un fantasma real en su trabajo: tal vez por eso hasta los temas más serios toman un matiz de ternura, que no puedo evitar”, enfatiza convencido.

De la serie 'Fantasmas de la utopia', 2018 (152 x 112 cm)
De la serie “Fantasmas de la utopia”, 2018 (152 x 112 cm).
Novia llorando, 2015 (107 x 26 x 82 cm)
Novia llorando, 2015 (107 x 26 x 82 cm)

Vehemente con el dibujo y “liberal o excesivamente racional” con el uso del color, su obra es una verdadera fiesta para los sentidos y el alma. No obstante, en los últimos nueve años ha tenido que sobreponerse a un complejo obstáculo. En 2010 le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson que, más allá de la limitación que supone, ha devenido acicate y palanca para la creación. A partir de esa realidad, Pedro Pablo Oliva comenzó una intensa carrera como escultor que tiene su antecedente en la cerámica: “esa manifestación la cultivé antes de que apareciera la condición que enfrento ahora y creo firmemente que la cerámica es una forma de hacer escultura. Quería ver a mis personajes compartiendo el espacio físico y solo me faltaba animarlos”.

Hoy, con orgullo, puede exhibir una consolidada obra escultórica fundida en bronce de alta factura que ha seguido una línea temática y estética coherente porque –sin ser un calco de su quehacer pictórico– sí mantiene el espíritu que lo ha animado en sus cuatro décadas consagradas a las artes visuales.

De la serie Sillones de mimbre: 'Espantado de todo', 2018 (37 x 24 x 23 cm)
De la serie Sillones de mimbre: “Espantado de todo”, 2018 (37 x 24 x 23 cm)

Convencido de que la vida es una permanente batalla, asegura que “es una guerra por lograr una estabilidad que pocas veces llega. Los triunfos son efímeros, como los insectos que nunca llegan a ver el sol: pinté lo que viví y por tanto, me sorprendió el asombro”.

Y aunque reconoce que es por naturaleza “escurridizo y, a veces, francotirador”, lo cierto es que en todo su quehacer subyace un tono lírico muy alto que se funde o entremezcla con texturas que aluden a los mundos fantásticos en los que está inmerso. Pero también su obra habla de una clara condición humana, de sentimientos y motivaciones, de anhelos y desesperanzas, pero no vistos desde el punto de vista agrio o amargo sino con mirada curiosa, socarrona, en la que subyacen la burla y el choteo tan bien concebidos como disimulados.

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