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¡Vivan los harlistas!

Los harlistas de Cuba mantienen funcionando sus antiguas Harley-Davidson con ingenuidad e infatigable buen humor.

Foto: Aaron Brimhall
Foto: Aaron Brimhall

Una fotografía en sepia, de alrededor del año 1948, adorna las paredes de varios restaurantes habaneros. Muestra a los miembros del Club de Motociclistas de Cuba en la playa del Surgidero de Batabanó, con sus motocicletas perfectamente alineadas. La mayoría son Harley-Davidson adquiridas en el concesionario Casa Bretos, la única franquicia pre-revolucionaria de Harley-Davidson.

En aquellos tiempos, muchos cubanos también montaban Indians y Triumphs británicas, pero la Harley-Davidson era el ícono que definía la cultura de la moto en la Isla. Miles recorrían estruendosamente las carreteras de Cuba. Para los militares y la policía de Cuba el uso de las Harley era reglamentario, y también era común que las utilizaran los trabajadores de las compañías eléctricas y telefónicas (de propiedad estadounidense). “Algunas personas también vendían helados desde sus Harley Servi-Car de tres ruedas”, recuerda Raúl Corrales, fundador del Club de Motos Clásicas de Cuba.

“Pienso que quizás hubo más de cinco mil Harley”, sugiere Luis Enrique González, ingeniero eléctrico y gran mecánico de motos.

Luego de que Fidel Castro y sus amigos hicieran una revolución y se lanzaran a la órbita soviética, comenzó el embargo comercial de los Estados Unidos (conocido por los cubanos como el bloqueo), que hizo que Cuba se quedara parada en el tiempo en cuánto a la Americana clásica, y puso patas arriba la vibrante cultura de las Harley en la Isla. Dejaron de importarse, al igual que los automóviles americanos. El concesionario Bretos se vio obligado a cerrar.

“Recibimos un envío de cien Harley nuevas en 1960, pero después de eso ni siquiera tuvimos piezas de repuesto”, recuerda Antonio Tony Miniet, de 79 años, quien se unió a la fuerza policial en enero de 1959, inmediatamente después de la Revolución. “Teníamos que encontrar maneras de reparar las motocicletas. Como todos los harlistas cubanos, aprendimos a ser creativos”, agrega, hablando de los fanáticamente orgullosos propietarios de las antiguas Harley en Cuba.

Tony, ex trabajador al frente de una de las ruletas en el Hotel Riviera del mafioso Meyer Lansky, fundó el temerario equipo acrobático policial que se montaba en las Harley hasta que la dificultad para darles mantenimiento y el creciente sentimiento anti-yanqui forzó su desaparición. “El sentimiento antiamericano era especialmente fuerte para las Harley: era la motocicleta que usaba la sanguinaria policía de Batista”, recuerda Raúl Corrales. En 1968, las Harley utilizadas por la policía fueron reemplazadas por Moto-Guzzis. Muchas de las Harley fueron vendidas a policías.

Luis Enrique González con su 1948 Flathead con la pegatina de Che Guevara.
Luis Enrique González con su 1948 Flathead con la pegatina de Che Guevara.

“Hoy quedan menos de doscientas Harley en Cuba”, dice Luis Enrique. “La más antigua es de 1932”, agrega, a horcajadas sobre una Knucklehead de 1946 de color rojo sangre en su taller en el sótano junto a su casa en El Vedado. El guardabarros luce una calcomanía del Che Guevara. Cuento otras ocho Harley-Davidson y una Indian Chief, de 1947, desarmada en su colección de trece motos de antes de la Revolución.

Luis parece un auténtico harlista con su pañuelo rojo, una camiseta negra con el logo de Harley-Davidson y unos jeans adornados con cadenas. Pisa fuerte la palanca de arranque y el hierro retro explota a la vida… ¡VROOM!

En cualquier parte del mundo su antigua Harley estaría en un museo. En Cuba, donde menos del diez por ciento de las familias posee un automóvil, es de uso diario. Luis ha montado por toda Cuba en varias de sus Harley-Davidson de 70 y 80 años. Sin embargo, mantenerlas en funcionamiento es un desafío dado el embargo estadounidense y la perpetua escasez. Luis y sus compañeros harlistas tienen que rescatar, intercambiar o quitarles partes a otras.

“El cubano inventa”, dice, riéndose mientras explica cómo los harlistas de Cuba hacen lo imposible por mantener a sus viejas máquinas funcionando. “Lo que no podemos arreglar o canibalizar de los autos, lo hacemos nosotros mismos. Adaptamos prácticamente cualquier parte que se pueda imaginar, aquí mismo”, dice, mostrándome su torno casero.

“¡Hecho en Cuba, chico!”, dice mientras enseña manubrios y tubos de escape hechos con tubería doméstica. Una cadena de trasmisión que alguna vez hizo accionar una correa transportadora en la planta embotelladora de Coca-Cola en Cuba. Un pistón de jeep ruso GAZ y válvulas de un camión ruso Kamas sustituyen los originales de la Harley. “El tipo al que le compré la Knucklehead incluso hizo la cubierta del asiento con la piel de un pitbull”, agrega Luis, riendo. Y explica que en los sombríos años conocidos como el Período Especial después del derrumbe de la Unión Soviética, la falta de llantas lo obligó a reemplazar una de sus ruedas de 16 pulgadas de la Harley con una sólida rueda VW Beetle de 15 pulgadas.

Parece irónico que la Harley-Davidson, el más emblemático de los símbolos estadounidenses, tenga tantos fanáticos en la Cuba comunista. De hecho, los harlistas son tan apasionados como sus homólogos estadounidenses, pero su vínculo social es mucho más fuerte. Esta subcultura enigmática y prismática se eleva al nivel de una religión sin nombre.

“No tengo coche. ¡Uso mi moto para todo! Para ir al médico, a la tienda, o a una fiesta. ¡Lo que sea!”, dice con orgullo el barbudo músico de 39 años, Luis Gustavo Mas, sobre su Flathead de color negro mate de 1200 cc de 1946. “Ella es parte de la familia, como el refrigerador… o una amante”.

Luis Gustavo Mas y su Flathead de 1946; Foto cortesía de Luis Gustavo Mas.
Luis Gustavo Mas y su Flathead de 1946; Foto cortesía de Luis Gustavo Mas.

En Cuba la familia es todo. Avivada en el crisol del Período Especial de principios de los 90 del pasado siglo, la muy unida familia harlista es tan reconocida que la Harley-Davidson sigue siendo la marca de motocicletas más venerada en la Isla. Esto a pesar de la presencia de decenas de miles de Jawas sobrias de fabricación checa, MZs de Alemania del Este, Jupiters de 350 cc de Rusia y Urales de 650 cc con sidecar y las consabidas Suzuki 250 importadas por el estado cubano desde la década de 1990 del pasado siglo para uso del personal de seguridad y funcionarios.

Durante el Período Especial, muchas Harley se averiaron y no pudieron ser reparadas. Pocos cubanos las querían. Preferían las motos del bloque soviético, fáciles de reparar, de poca gasolina. Pero algunos harlistas acérrimos se quedaron con sus tesoros desgastados por el tiempo. Genios de la invención… Mecánicos magos… Descubrieron una forma de salvar sus máquinas de la extinción. La lucha forjó un fuerte vínculo e infundió un sentido de cubanía que unió a la comunidad y le insufló nueva vida al espíritu harlista.

Por desgracia, a principios de la década de 1990, los extranjeros comenzaron a comprar Harleys y otras motos raras por unos cientos de pesos en efectivo (menos de $100, en aquel entonces) de los cubanos que pedían el dinero a gritos. “Un argentino mandó por barco la mayoría de las motocicletas británicas y algunas Indians”, dijo Luis Enrique. “Muchas fueron enviadas por el esposo de una diplomática alemana. Utilizó la inmunidad diplomática de su esposa para enviar motos fuera del país”, agrega Rafael Díaz, de 59 años, orgulloso propietario de la Indian Scout 1946 de color rojo plateado. “Desconocíamos el valor de nuestras motocicletas. Estábamos desesperados en ese entonces”, dice, recordando el sombrío Período Especial.

En 1996, las motocicletas antiguas de Cuba fueron clasificadas como Tesoros Nacionales. Al igual que sus homólogos automóviles clásicos, ya no se pueden enviar al extranjero legalmente. Sin embargo, las Harley a veces son compradas y enviadas fuera del país como acero reciclado.

Fotos: Ana Lorena Gamboa
Fotos: Ana Lorena Gamboa

El mundo de los harlistas se enfrenta a un nuevo desafío a medida que Cuba se convierte cada vez más en una sociedad “adinerada”.

Desde que el presidente Obama flexibilizó las relaciones, las piezas de Harley-Davidson pueden pedirse en línea y ser traídas por amigos visitantes. El crecimiento del turismo ha significado que hay más residentes extranjeros en Cuba y más cubanos con ingresos disponibles (gran parte del dinero enviado por sus familiares en Miami). Todos estos “nuevos ricos” han estado comprando las Harley de Cuba, cuyo precio y popularidad se han disparado. En la actualidad, una Harley-Davidson de seis décadas de antigüedad puede llegar a costar $20,000 o más, suma astronómica en un país donde el salario estatal promedio es de aproximadamente $27 por mes.

“Hay más harlistas con una mentalidad capitalista. El dinero ha comenzado a interponerse en el camino de la hermandad y la amistad”, lamenta Jorge Santos Prats, quien en la década de 1980 pagó 7,000 pesos (un salario de dos años, suficiente para construir una casa en Cuba) por una Flathead de 1947.

Recientemente, mientras caminaba por La Habana Vieja por una calle adoquinada de la época colonial, el hijo de Ernesto Che Guevara salió de un bar y me abrazó. Al igual que su padre, Ernesto Jr. es entusiasta de las motocicletas. Cuando lo conocí hace seis años, estaba manejando una Flathead de 1948 color verde. Hoy, después de cenar juntos en un restaurante de temática Harley –Chacón 162– Ernesto se va en una Harley-Davidson Electra Glide Ultra Classic del 2015.

Han pasado cinco años desde que el presidente Obama anunció un acercamiento con Cuba; ocho años desde que Raúl Castro flexibilizó las regulaciones para los cuentapropistas (empresarios privados), y 24 años desde atravesé una Cuba empobrecida en mi BMW R100GS. De repente necesito una minerva para no mirar de un lado y otro mientras los cuentapropistas se zafan sus camisas de fuerza. Cada tercer edificio en este barrio superpoblado y una vez anquilosado de La Habana Vieja, se encuentra en medio de un cambio, como un hotel boutique, un restaurante de moda o, pero ¿qué es esto? una heladería vendiendo gelatos a lo italiano (hechos en casa). Pero nada tipifica mejor la Nueva Cuba que emerge ante mis ojos como Ernesto, quien sale rugiendo en su nueva y elegante Harley Tourer.

Christopher P Baker. La Habana
Christopher P Baker. La Habana
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