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El maestro Lazo
Carlos Lazo y su hijo, quienes se unieron a él en su más reciente viaje a La Habana con sus estudiantes norteamericanos. Foto: Otmaro Rodríguez.
Carlos Lazo y su hijo, quienes se unieron a él en su más reciente viaje a La Habana con sus estudiantes norteamericanos. Foto: Otmaro Rodríguez.

Carlos Lazo, un maestro cubano de Seattle se ha vuelto “viral” en algunas redes sociales tras haber publicado un video en que canta con sus jóvenes alumnos estadounidenses la canción “Cuba Isla Bella”, del trío de hip hop cubano Orishas. Su gesto y el de sus alumnos conmovió a miles de cubanos y trasmitió el poder de la amistad entre los dos países que Lazo reconoce hoy como su madre (Cuba) y su padre (Estados Unidos). El camino para llegar a ese sentimiento, ha estado lleno de tropiezos….

Solo en La Habana

“A los quince años me quedé solo y aprendí a cocinar. Cuando sentía miedo a la oscuridad y a las cucarachas, salía caminando hasta el Malecón y me sentaba allí frente al mar hasta que me cayera el sueño”.

En 1980 su hermano mayor consiguió exiliarse en Perú a partir de los sucesos de la embajada, y su madre viajó a Miami, unos meses después, con la idea de quedarse allí y recobrar a sus hijos. Aunque legalmente podría ser muy difícil.

Todo en él, toda su energía, estaba dispuesta para “irse” de Cuba. Su padre, revolucionario, siguió siendo el padre amoroso de su niñez. Venía a visitar a Carlos todas las semanas. Pero sus vidas tendían a bifurcarse. La política se fue volviendo un tema imposible, aunque todo lo demás, hermoso, seguía creciendo entre ellos. Y fue así hasta el último día.

“Yo estaba ofuscado”. Y la decepción creció cuando supo que no lo dejarían estudiar Medicina porque “no tenía condiciones político-morales”. Una madre en Estados Unidos y un hermano exiliado en Perú eran suficientes motivos para los tamizadores de entonces.

“Para mí, Cuba era el peor país del mundo”.

Después de eso ni siquiera intentó entrar a la universidad. Fue estibador en los muelles, trabajó en el almacén de la tienda La Época, fue vendedor en un puesto de viandas en los bajos de su casa, carnicero en Lawton. Su don de gente le regaló amistad por todos lados.

“Tenía clientes ‘contrarrevolucionarios’ que decían que yo les recordaba a los dependientes de antes del 59 por mi trato amable. Y los clientes ‘revolucionarios’ me decían que yo era como el Hombre Nuevo”.

Carlos Lazo (isquierda) estudiantes norteamericanos en La Habana. Foto: Cortesía de Carlos Lazo.
Carlos Lazo (izq) estudiantes norteamericanos en La Habana. Foto: Cortesía de Carlos Lazo.

Salida ilegal

Una noche de 1988 “se tiró” al mar por la playa de Baracoa, en una balsa rústica, con un amigo. Tenía 23 años y su brújula vital se orientaba siempre al Norte. Pasaron dos días vagando hasta que los capturaron los guardafronteras cubanos cerca de Jaimanitas, el pueblito costero donde había nacido Carlos Lazo en 1965, en un país socialista.

Esa vez su travesía terminó en la cárcel de Quivicán. Lo condenaron a un año de prisión por el delito de “salida ilegal del territorio nacional y apropiación ilícita” (por llevarse a su viaje unas patas de rana que había alquilado en un campismo).

“La prisión fue un período de crecimiento”, cuenta. Leyó “como un animal”: Víctor Hugo, Dostoievski, Verne, Hemingway… “Un día vino un oficial a pedirme que convirtiera un cuarto lleno de libros en una biblioteca”. Organizaba y desorganizaba luego. “Me convertí en una variante de Penélope para ganar tiempo a mi favor”

Su propósito mayor, y secreto, seguía siendo llegar a los Estados Unidos. En 1991 se arriesgó nuevamente, sin poder despedirse de nadie, ni de sus dos hijos pequeños que quedaron en Cuba.

A la segunda…

Serían las 5 de la tarde cuando comenzaron a ver una luz roja a bastante distancia. Era el tercer día a la deriva.

Hicieron fuego con todo lo que tenían a la mano todavía, desde que el motor Champion americano de 1951 se detuvo a las 7 horas de haber partido de La Habana rumbo a Florida. Pero la luz roja se hizo cada vez más pequeña.

En el bote se oía el rumor de un rezo entre aquellas seis personas, náufragas por unos minutos en su propio terror inconfesable. Era la madre del niño de tres años la que sonaba. “No vamos a poder”, lloró ella. Entonces Carlos Lazo sacó uno de los dos libros que llevaba consigo.

“Ábrela”, le dijo. “Donde caigas, encontrarás una respuesta”. La mujer fue a parar al Salmos 23: “El Señor es mi pastor, nada me faltará”. Y siguió gimoteando los próximos cinco minutos mientras leía en voz alta para el resto: “Aunque pase por el valle de sombra de muerte no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo”.

Lazo hubiera podido compartir con ella también su otro librito envuelto en nylon. Pero pensó que no estaban las cosas como para los versos de un poeta, un Rafael Alcides agradecido como un perro: “hoy doy la bienvenida a todo lo que tengo y a todo lo que soy”.

Entonces fue cuando alguien avisó –cómo recordar ahora, 27 años después, quién fue el Rodrigo de Triana de aquella expedición.

Una temblorosa luz verde se fue acercando hasta dejarse ver, plena, en la proa de un yate con matrícula de la Florida: “¡Esperen ahí, que ya avisamos a la Guardia Costera!”. La luz roja seguía encendida en la popa. Tuvieron mucha suerte y recibieron la gracia de empezar su vida otra vez, en Estados Unidos.

Miami-La Habana: ida y vuelta

“Cuando llegué a Miami todo me parecía maravilloso”.

Trabajó en una cafetería, repartiendo pizzas, aprendió a manejar rastras y fue técnico en salud mental en un home de ancianos. “Llevaba mi guitarra y la pasaba bien con ellos”.

Carlos Lazo (der) y sus alumnos estadounidenses en La Habana. Foto: Cortesía de Carlos Lazo.
Carlos Lazo (der) y sus alumnos estadounidenses en La Habana. Foto: Cortesía de Carlos Lazo.

El 12 de julio de 1994 volvió a Cuba por primera vez, cuando su padre enfermó y gracias a que pudo conseguir un permiso especial de la Cruz Roja.

El país estaba atragantado con algunos de los extremismos cometidos, apaleado por la más profunda crisis económica y a las puertas de la gran “crisis de los balseros”. El Período Especial y la Ley de Ajuste Cubano empujarían a más de 30 000 al Estrecho de la Florida.

Carlos Lazo se reconoció en ellos. Él también era un balsero, pero estaba de regreso. Comprendió que no podría ya volver a abjurar de Cuba.

Seattle-Iraq-Washington-La Habana

Cuando decidió ir a vivir a Seattle sintió que estaba en Estados Unidos de verdad. Imbuido de agradecimiento a su nuevo país se inscribió en la Guardia Nacional con la idea de ser útil frente a incendios, terremotos… Pero en 2004 Iraq fue su destino insospechado.

El cubano, que hasta entonces solo había terminado el preuniversitario, fue entrenado como enfermero y se convirtió en el Sargento Lazo. “La guerra no se la deseo a nadie”. Para él duró hasta 2005.

Carlos Lazo y su perrita Fallujah, rescatada en esa ciudad de Iraq. Foto: Cortesía del entrevistado.
Carlos Lazo y su perrita Fallujah, rescatada en esa ciudad de Iraq. Foto: Cortesía del entrevistado.

Durante unas cortas vacaciones, mientras estaba apostado en Iraq, decidió volver a Cuba a visitar a sus hijos. En el aeropuerto de Miami le impidieron viajar. El entonces presidente George W. Bush había decidido que las visitas familiares a Cuba solo se podían realizar cada tres años. Y ya Carlos Lazo había consumido su “cuota”.

Comenzó para él un camino de liberación: hizo lobby ante congresistas en Washington y en Miami, portando la dignidad de un padre cubano y a su vez la de un soldado norteamericano. Declaró ante el Senado y durante semanas fue referenciado en varios medios de prensa en Estados Unidos. Desde Iraq había grabado un video: “si pierdo mi vida en esta guerra y no puedo ver a mis hijos otra vez, no será porque Cuba me lo impidió, sino Bush”.

Con el senador Charles Rangel, en Washington. Foto: Cortesía del entrevistado.
Con el senador Charles Rangel, en Washington. Foto: Cortesía del entrevistado.

Carlos Lazo fue, en ese momento, el eslabón de una cadena de progreso que impulsaba de manera explícita o discretamente el todavía inacabado proceso de normalización política entre ambos países y ambos pueblos.

A sus 40 años por fin decidió “ir a la escuela” y se hizo maestro. Estudiar y enseñar ha sido desde entonces una de sus más mayores motivaciones. A punto de terminar un doctorado, ya acumula dos licenciaturas, dos masters, y siente una intensa motivación –de procedencia cristiana– para contribuir a sanar las separaciones entre familias y pueblos. “Pasarán las profecías, pero el amor no pasará jamás”. (Corintios 13:8)

Nota: Carlos Lazo enseña español en un preuniversitario de Seattle, en el estado de Washington. Sus alumnos de décimo grado en la North Creek High School, de Bothell, aprenden un idioma que no les pertenece, una gramática con reglas extrañas, una fonética que a veces les resulta demasiado ardua… con esa “r” tan irrepetible.

Pero para estos muchachos de entre 15 y 17 años, el español es sobre todo una motivación para divertirse, aprender sobre el amor a la Patria, entrenar el respeto a culturas distintas y, bajo la influencia de su maestro, acumular admiración por Cuba.

En abril de este año “el profe” llevó a un grupo de 37 estudiantes a la Isla, otro con estudiantes, padres y profesores, en julio pasado. El próximo sueño que va a lograr es ir con un grupo mayor y cantar “Cuba Isla Bella” junto a jóvenes cubanos.

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