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Ángel Íñigo Pérez, escultor
Ángel Íñigo, escultor
Ángel Íñigo, escultor

Allá por la antigua zona de Yateras, ahora municipio Manuel Tames, de la provincia de Guantánamo, hay un zoológico de piedras en la cima de una loma. En un trozo que todavía es monte, a pesar de sus trillos de concreto, habitan las bestias. Y, si se mira con detenimiento, hasta parecen agitar sus lomos de caliza y musgo, teñidos por la humedad de incontables aguaceros y rocíos, cuando emergen entre verdes bejucos y ensueños.

Ángel Íñigo Pérez es guajiro y escultor autodidacta. Su padre fue el famoso Ángel Íñigo Blanco, también autodidacta, quien creó este escenario fantástico. El zoológico de piedra, único de su tipo en el mundo, vio la luz el 21 de diciembre de 1977 en la Finca San Lorenzo.

“Desde que era un niño veía a mi papá tallando esas grandes piedras deslizadas de la montaña hace miles de años y eso influyó mucho en mí. ¡Hay que tener una vocación grande para la escultura! Es un arte que da mucho trabajo, se necesita voluntad y mucho talento para continuar. La roca es solo roca cuando llegas a ella, pero tienes que ver qué tiene dentro, qué formas puede adoptar”.

Este Ángel es un hombre noble con fuerza de gigante. Tiene un hablar tranquilo, como si la pelea diaria contra la piedra no le hubiera endurecido. Durante 15 años trabajó como ayudante de su padre. Prueba de esto es que, de las 426 criaturas que habitan el zoológico, 120 fueron esculpidas por él.

“Mi primera pieza fue un burrito que está allá, en lo alto. Mi papá me pidió que lo hiciera. Ya antes, con 10 años, hice algunas esculturas pequeñas en la casa, pero a los 20 años comencé mi trabajo en el zoológico.

Uno va buscando su propia línea, su estilo, por eso ahora las esculturas retratan el mundo del guajiro. El propio entorno que rodea al zoológico me sugirió el tema campesino. Cada pieza demora, en función del volumen y la complejidad. Llevo dos años creando un bohío a tamaño natural. Las rocas que uso son calizas, las mismas que están en la finca, no las muevo del lugar”.

El bohío es enorme, como una roca ancestral. Viendo sus herramientas (cincel, mandarria pequeña, pico y machete) puede uno entender la magnitud del trabajo. Por fuera ya es un típico bohío campesino, la tarea titánica es recrear el interior con varias habitaciones.

“Tengo tres hijos, uno de 19 años que se inclinó por las artes y estudió en la academia de artes plásticas; uno de 14 que estudia Trompeta, y una pequeñita de 7 años que, dice, va a ser doctora. Quizás el relevo mío esté garantizado”.

Le pido que pose para mí dentro del bohío. Ya casi ha terminado la sala. Una escultura de mujer se asoma a la ventana y un guajiro toma café, de pie. Ángel se acomoda en uno de los dos taburetes de piedra; en el otro, de seguro está sentado su padre.

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