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Cómo quedarse en La Habana sin morir en el intento
Ilustración: R10
Ilustración: R10

Hace casi dos décadas llegué a La Habana convencido de que, cumplido el lustro de rigor en la universidad, regresaría a la ciudad donde nací, cual indiano que vuelve a sus lares con la riqueza del saber, el descaro de la capital y un título que colgaría en la sala paterna, sobre el televisor, justo al lado del Sagrado Corazón. Iluso…
Fue un choque brutal, no tanto por la madrugada sacudiendo los huesos en el inefable tren espirituano, que prácticamente me arrojó al andén de la Estación Central, si no por los 20 pisos de escalera sin ascensor que me esperaban en la beca de F y 3ra, viejo cubil de iniciaciones, el edificio donde pernoctaría durante cinco intensos y licenciosos años.
Necesité solo una semana en aquel antro, desandando peldaños a golpe de chícharo, para jurarme y perjurarme que ni loco me quedaría en esta Habana donde la gente, decía mi abuela, se “perdía física y espiritualmente”. Serían las noches de bohemia, las lecturas de Mayito Wolf, o las madrugadas de tesis, lo cierto es que evidentemente perdí la razón, pues a sabiendas de lo que se venía, quemé mis naves y me quedé aquí.
El trabajo nunca fue problema. Desde estudiante me ganaba la vida escribiendo para algún que otro medio, por un sueldo que ahora sería irrisorio. Bueno, antes también lo era, pero becado, soltero y sin compromiso, me desahogaba la vida. El problema fue, es y será el techo. Yo no vivo en La Habana para trabajar: yo trabajo para vivir en La Habana.
Cierta vez, en un ejercicio de masoquismo histórico, intenté sacar la cuenta de cuánto he pagado en años y años de alquiler. A mitad de empeño desistí, por mi salud mental y porque, sencillamente, no vale la pena ese martirio: me quedé y punto. No me arrepiento, pues si hubiera regresado a mis predios, tendría tremenda barriga, una mujer, una querida y una sarta de chamas que alimentar a golpe de reportajes en fincas y cooperativas.
Pues me quedé, y sabe Dios lo que he hecho para financiar mis sueños. ¿Recuerdan esa canción de Sabina, la del Pirata cojo con pata de palo, la de vivir otras vidas? Bobería comparada con lo que hacemos los “guajiros” para (sobre)vivir en La Habana, puta que te abre las piernas según le pagues. Y cobra caro, la muy cabrona. Si lo sabré yo, que para pagar alquileres he tenido que vender confituras y ropa reciclada, impartir clases de cívica en San Isidro y el Cerro, hacerle publicidad a casas de renta y restaurantes que no me puedo permitir, subtitular películas del australiano al español, desdoblarme en mil estilos y seudónimos, y estirar el día para que tenga, digamos, unas 32 horas…
Además, en esa aventura he andado La Habana más que Eusebio Leal. Es más, dudo que nuestro locuaz y muy docto historiador haya siquiera visitado algunos de los rincones donde he perdido con creces el estatus de bitongo con que llegué a la capital. No imagino al buen Eusebio despertándose a media madrugada en pleno Cocosolo, porque su vecino, curda hasta las cejas, necesita un fósforo. O comprando ron peleón en Mantilla, leche en polvo en Cayo Hueso, o huevos a granel en los Sitios… Quizás sí, pero lo dudo…
No es fácil ser del campo y vivir en La Habana. Tal vez por eso lo disfruto más, y creo que si algún bendito día mi casa llega a ser verdaderamente mi casa, y no el lugar donde vivo, amaría sus cuatro paredes con locura, y viviría con más calma, sin sobresalto, sin la angustia del fin de mes, sin el fantasma del desalojo.
Qué sosiego, que paz… ¡Qué aburrimiento!

PRESIDENTE
HUGO CANCIO
DIRECTOR EDITORIAL
TAHIMI ARBOLEYA
DIRECTOR EJECUTIVO
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DISEÑO Y MAQUETADO
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DIRECTOR DE FOTOGRAFÍA
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COPYEDITING
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TRADUCCIÓN
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EDITOR WEB CUBA
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